Apenas mide un metro y sesenta y cinco centímetros. En dos horas y media de concierto no se cambia de vestuario, amplio, callejero y con cadenas. Su gesticulación es moderada, casi parca, distante del aspaviento, pero es un dominador, y su enjuta figura es un imán para las miradas, porque su voz, cambiante, dúctil, también agresiva, cálida en ocasiones, también veloz como una sarta de insultos empujada por la ira, convoca los espíritus de la música, del amor, de la autoafirmación, de las crisis personales, de los regustos del esclavismo. Se llama Kendrick Lamar y es uno de los artistas más influyentes del momento, el espíritu de una época, su enseña musical en clave de hip-hop, un estilo dominante. Y tiene la suficiente capacidad y visión como para entender que el concurso de una amiga, la cantante SZA, una sutil intérprete de rhythm and blues, lejos de restar protagonismo a su espectáculo lo amplifica en una colaboración en la que mundos concomitantes, el de sus estilos musicales, son capaces de iluminar un estadio y unos tiempos. Lo que ofrecieron en el Estadio Olímpico de Barcelona fue un majestuoso, deslumbrante y apabullante ejemplo de música contemporánea en un show excepcional.
